
Nunca las toqué, nunca me tocaron, ¡pero cuánto sé de ellas!
Guardan con recelo muchas caricias, muchas tristezas, y muchas frustraciones.
Las manos de mi hermano son mágicas, y son viejas.
Trabajaron con ahínco la tierra empuñando el arado, la tierra que día a día fue sembrando, y que en cada terruño dejó su vida, sus esperanzas, sus años y sus aspiraciones.
Las manos de mi hermano son grandes, por ello están vacías, vacías de todo cuanto le fue negado por la vida, y aun así, siendo viejas y grandes, son mágicas.
Hoy las miro tan solo a través de sus fotografías, y me pregunto, ¿quién será el afortunado que pueda estrecharlas? Y me da envidia, porque siendo mi hermano el que más quiero y al que más venero, nunca sus manos tocaron las mías, nunca, y aun así las venero, como se venera a una imagen.
Son también tiernas, delicadas a pesar de todo, pero firmes y sinceras para quien quiera estrecharlas, o compartir tan solo su infaltable amigo, el mate.
Enjugaron muchas lagrimas ajenas y limpiaron con rabia las suyas, porque nunca se permitió llorar, ni siquiera cuando quedo solo en la vida, y aun así guardan ternura, guardan recuerdos, guardan juegos de niño, y sapiencia, si mucha sapiencia.
Las manos de mi hermano son angeladas, y por tales se mantienen quietas esperando quien sabe que de la vida.
Nunca dejaron de trabajar, y no les importo la rudeza, su fin era alcanzar sus metas, y aun así son especiales, son únicas, son viejas, son mágicas.
Las manos de mi hermano son para mí como el cielo inalcanzable, pero están allí muy cerca al mismo tiempo.
Hoy solo las miro, y me siguen dando envidia, y las venerando como se venera a Cristo.
Dios algún día con su infinita bondad, hará posible que en algún sitio, quien sabe donde, me puedan tan solo acariciar.
SUEÑO

