viernes, 13 de noviembre de 2009

Tres razones para mirar la selva


El vasto territorio amazónico del Perú es un bosque gigante que cobija a veinte ciudades y a cien aldeas que luchan, a diario, por la difícil supervivencia en la selva. Sin embargo, la Amazonía peruana no es el infierno verde que algunos suponen. Es, más bien, un jardín protector del hombre y un seguro para que la humanidad no enfrente un futuro calamitoso.
Tres son las razones vitales para girar nuestros ojos y desvelos hacia la selva peruana: porque ser una fuente inagotable de oxígeno, porque es la más grande reserva de agua del planeta y, finalmente, porque es nuestro banco genético y biológico aún no esclarecido.
El Perú, por el momento, puede respirar tranquilo. Cuando no haya porción costeña o selvática sin smog ni contaminación, nuestra Amazonía nos dará el aire más puro. Emigrarán a la selva los peruanos del mañana, con los bronquios atorados y los pulmones negros, sólo para respirar el oxígeno que la Amazonía libera diariamente hacia la atmósfera.
Pero no sólo de aire vive el hombre. Cuando agonicemos de sed, recién descenderemos a las mismas orillas de los ríos afluentes del Amazonas, a beber en sus lagunas los últimos manantiales, mientras los grandes ríos del mundo, el Misisipi, el Nilo o el Yangtze de China ya se hayan secado por completo. Las lluvias renovarán esa agua dulce, por lo que les haremos fiestas a la prodigalidad acuosa de nuestros ríos selváticos.
Y cuando vivamos en la selva – porque no nos quedará otra – por fin nos pondremos a estudiar los cientos de peces aún desconocidos de la Amazonia peruana, los batracios, las ignoradas flores, las palmeras, las hormigas aún no bautizadas, el caracol, los cítricos y bananos, las higueras vírgenes, todas esas formas de vida que no se saben, ni qué vitaminas poseen ni qué cánceres curan. Ese es el tesoro genético que sólo los peruanos poseemos y que los hijos de nuestros hijos deberán defender cuando el mundo entre en estado de coma y los peruanos aún sigamos despreocupados gracias a la madre selva.



Autor: Juan Ochoa López

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